El Mundo: El boyante negocio de matar piojos

Lunes, 16 Febrero, 2015

Pongamos que los niños se llaman Manuel, Juan, Sofía, Ester y Víctor. Pongamos que María es el nombre de su madre, una farmacéutica madrileña que, con cinco hijos, un trabajo y mil tareas más por conciliar se enfrenta desde hace años a una de las peores pesadillas para dos de cada 10 escolares madrileños y, en especial, para su familias: los piojos. Junto a ella, enfrente, o mejor, a su lado, porque se ha convertido en apoyo fundamental para su lucha, Laura, una mujer con tres hijos que después de pasar por la «tortura» de intentar acabar con estos parásitos una y otra vez, dejó el banco en el que trabajaba y decidió crear el primer centro «matapiojos» de España en la capital, ante la falta de tiempo de los padres para poder fulminar a estos picadores chupadores o el fracaso en el intento.

Pongamos que alrededor de estos bichos ancestrales que aparecieron hace 11,8 millones de años existe un negocio creciente, que dejó en 2014 en las farmacias madrileñas 4,2 millones de euros, un 14,2% más que en el 2013, según la consultora Imshealth, y que ha dado lugar a las primeras franquicias de centros de tratamientos de piojos, casi todas creadas tan sólo hace poco más de un año.

Con todos estos ingredientes, dibujemos una realidad que trae verdaderamente de cabeza a padres y madres de niños en edad escolar, impotentes ante la constante invasión de un ectoparásito que fue común al hombre y al mono hasta que ambos se separaron en la cadena evolutiva.

Poco después de este momento (5,6 millones de años) los humanos contamos con nuestros propios piojos, el más conocido Pediculus humanus capitis, el de la cabeza, y Pediculus humanus humanus, el del cuerpo, además del que nos pasaron los gorilas: el Pthirus pubis, o la temida ladilla.

El incremento en los últimos años de las personas contagiadas por piojos (niños y sus madres) es un hecho y, aunque hay cifras para todos los gustos, «no es raro encontrar colegios en los que más del 20% de los niños tienen piojos», según afirma el investigador del CSIC Juan José Soler en su estudio Qué sabemos del parasitismo.

Estaríamos, por tanto, hablando de que dos de cada 10 escolares sufren a este parásito, si bien la Asociación de Autocuidado de la Salud (ANEPF) baja el porcentaje y considera que la media de afectados oscila entre un 5 y un 15%, elevándose esta cantidad en edades más tempranas, cuando los niños tienen más contacto entre ellos.

En cualquier caso, todos los expertos consultados coinciden en dos cosas. La primera es que la falta de tiempo de los padres ha provocado que la desinfección no se realice correctamente (el proceso para retirarlos y comprobar que no han quedado sus huevos -liendres- puede durar una hora diaria) y, por tanto, que salgan fortalecidos, multiplicándose así los contagios.

Laura Martín, la creadora del primer centro matapiojos, HeadCleaners, lo tiene claro después de atender a más de 2.000 niños cada año: «Los productos funcionan para matarlos, desde luego, pero la única manera de acabar con las liendres es pasar una y otra vez, de forma eficaz, la lendrera (peine con púas muy juntas que arrastran al parásito y a sus huevos)».

La segunda es que, en efecto, el método del escrutinio de la cabeza es el modo de erradicarlos, pero siempre que se haga de manera sincronizada con el resto de los compañeros. Y aquí está el otro problema: el piojo tiene muy mala fama, sigue provocando vergüenza y se atribuye erróneamente al cabello sucio (les encanta el limpio), por lo que no siempre se informa a los centros escolares y, por tanto, no se puede actuar a la vez.

«Las familias no deben avergonzarse y es importante que lo pongan en conocimiento de todo el grupo, para evitar la propagación», indican desde la Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Madrid FAPA Giner de los Ríos, que además, reclama información avalada por profesionales sanitarios, no de laboratorios.

Precisamente estas opiniones son compartidas por el investigador de parásitos Juan José Soler, quien confirma la «importancia social» que se le da al piojo y afirma que éste se ha hecho más resistente desde que se crearon las fórmulas para combatirlo, fundamentalmente porque los tratamientos no se siguen hasta el final y no se sincronizan. Además, tiene claro que no se han concentrado los esfuerzos en eliminarlos por sus pocos efectos negativos, al menos en países desarrollados.

La extrañeza de que no se haya alcanzado una solución en tantos años hace comprensibles los comentarios de los padres en los patios de los colegios, donde se atribuyen supuestas conspiraciones de lobbies o más domésticas para inundar de piojos las aulas según se inicia el curso, una hipótesis tan fantástica como irreal, dado que estos parásitos están todo el año buscando y encontrando hospedadores, hasta tal punto que, para los centros matapiojos, el verano, tras el paso de los chavales por los campamentos, es temporada alta.

Pongamos que, después de leer estas líneas, siente un ligero picor en la cabeza. No se alarme, pero si tiene hijos en edad escolar revise, y de confirmar presencias extrañas, no dude en avisar a su colegio. Ármese de paciencia y prepárese para combatir a un enemigo que, aunque inofensivo, ha sobrevivido pasando de cabeza en cabeza a lo largo de millones de años.

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